La mujer que los hombres quieren

Quedé perplejo cuando hace unos días me indagaste por escrito cuál era, en mi opinión, la mujer que los hombres quieren. Después de mucho pensarlo, amigo mío, reaparezco con la respuesta, y pidiéndote disculpas si se aleja de la que esperabas.  

Consciente de que resultaría inútil generalizar o elaborar una suerte de manual, preferí contestarte a título personal, y tomando el riesgo de que nadie suscriba. Solo aspiro a tu comprensión sobre mi postura: aquello que nosotros queremos de ellas no debería ser distinto de lo que nosotros estamos dispuestos a ofrecerles; tampoco debería ser distinto de lo anhelado por cualquier ser humano esperanzado en coincidir con un cómplice ideal.

Cuando intento adivinar cómo sería mi cómplice ideal, imagino de inmediato una persona genuina, fiel a sí misma, convencida de que se pertenece, tan torpe como dicta su naturaleza, tan leal a su propia verdad que rechace la tentación de comprometerla para agradar a otros, tan suficiente para sí misma que no necesite mirarse a través de ojos ajenos para definir sus pasos. Te confieso que tratando de descifrar su apariencia, emergen imágenes difusas, trazos inconclusos, sombras insondables, siluetas que se desvanecen al instante.

Infiero entonces que tal vez su aspecto solo importa en la medida en que corresponda con su intención de amarse a sí misma para poder amar a otros, de ser compasiva con lo que para ella signifique su propia oscuridad, de pelear por sus ideales sin avasallar, de apreciar su soledad y de compartirla, de conocer su valor y su propósito en el mundo. Quiero creer que la apariencia importa mucho menos que la fuerza con que su alma se refleja en el humor y en sus sueños, la risa y los gestos, en su llanto y en su amar. Con una persona así, confío en que los desacuerdos serán más llevaderos, y las formas, las creencias y las posturas de cada uno terminarán acoplándose.  

Lamento decepcionarte, amigo mío, si esperabas que fijara un filtro a base de temas académicos, económicos, políticos, familiares o sociales. Suelen atraernos, es cierto. Suelen vislumbrarnos, también, pero algunas veces, solo hasta que nos damos cuenta del grado de inconsciencia que esconden. Y no hay nada más irreconciliable que la incompatibilidad de esencias. Por eso intento recordar siempre que no solo somos la superficie del mar que se percibe desde tierra firme. También somos todo lo que habita sus profundidades, incluyendo aquellos rincones que jamás tocarán los rayos del sol.

Y es justo eso lo que sueño, amigo mío: una compatibilidad de profundidades ya exploradas o por terminar de descubrir. Tal vez así desaparezca la ansiedad por los rótulos y las convenciones, por cercar y atar, por domar antes de domarse a sí mismo. Y una vez desaparezca esa ansiedad, quizá todo quede reducido a un viaje impulsado por la ilusión de un destino en común al final del trayecto, pero también por la valentía de aceptar que puede existir el amor de la vida como el amor en un fragmento de la vida.

Será un viaje a tientas. Apacible. Aunque las tormentas resultarán inevitables. Y quién sabe: hasta terminen iluminando el camino. También habrá pausas. Para ofrecer refugio, compartir inquietudes, lecciones y pasiones. Para buscar alivio contra las frustraciones y cobijo en tiempos de celebración. Para fundir las almas hasta perder la sensación de lo propio y lo ajeno. Para cultivar intenciones de seguir avanzando juntos.

También habrá recorridos solitarios. Cada uno en su carril y a su ritmo. Pero cuando alguno deba rezagarse o adelantarse transitoriamente, confío en que no ganará el miedo. Ganará la esperanza de que las manos se vuelvan a agarrar en algún punto, ganará la certeza de que en esta vida, sencillamente, somos soledades que a veces coinciden.

Juan Diego Ramirez

Quindiano adoptado por Pereira y Bogotá. Periodista deportivo. Actualmente en ATPTour.com.

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